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“Que la experiencia del Amor de tu Hijo haga renacer en nosotros esa Esperanza”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía de Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Esperanza, celebrada el 13 de octubre de 2018, en la S.I Catedral.

Fecha: 13/10/2018

 

Queridísima Iglesia del Señor, que peregrina en Granada fundamentalmente, aunque se han unido a nosotros gente de otros lugares o visitantes que desean también participar de esta preciosa celebración de la Coronación;

Pueblo santo de Dios (el nombre más bello, junto con el de Cuerpo de Cristo, que tiene la Iglesia: Cuerpo y Esposa de Cristo amada del Señor);

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

Hermano Mayor de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y de Nuestra Señora de la Esperanza;

Presidente de la Real Federación;

queridas autoridades civiles y militares, que nos acompañáis;

queridos hermanos y amigos todos:

 

Lo primero que me sale en un momento como éste, o tantos momentos a lo largo del año que se le asemejan…. , no hay nada tan bello en el mundo como el Pueblo santo de Dios; como la Iglesia reunida. Es un espectáculo precioso. (…)

 

La Iglesia es el Pueblo santo de Dios. Pues, el Pueblo santo de Dios realiza ideales que hoy, por las circunstancias del mundo, tienden a deshilacharse y a desvanecerse. Primero, es uno de los pocos espacios de libertad que quedan en el mundo. Nadie viene aquí obligado. Nadie va a celebrar la Eucaristía obligado. Junto al Señor y junto a la Virgen, brota la libertad. Lo experimentábamos hace muy pocos días en la procesión de Nuestra Señora de las Angustias: la Iglesia, el Pueblo santo de Dios, es un espacio de libertad. No es un espacio de normas y de reglas. Lo decía Benedicto XVI: el cristianismo no son unas reglas, ni siquiera unos principios. Es un Acontecimiento. El Acontecimiento de la Presencia de Dios en medio de su Pueblo, que hace resplandecer la libertad. Pero, al mismo tiempo, es un espacio de comunión. Son cosas que, a lo mejor, en esas divisiones de la experiencia cristiana que han caracterizado al mundo moderno, son vistas como incompatibles: el ideal de la libertad y el ideal de un pueblo unido que vive en comunión (colectivo, dicen los que tratan de secularizar la idea de comunión).

 

La Iglesia es un espacio de comunión. El Pueblo cristiano es un espacio de comunión. No cuentan las clases sociales. No cuentan los puestos que uno ocupa en la Iglesia o en la sociedad. No cuenta nada, mas que todos somos hijos del mismo Padre. De aquí a un momento, recitaremos juntos el Padrenuestro que nos hace a todos hermanos; con los mismos derechos y con los mismos deberes; pero con los mismos derechos: el derecho de dirigirnos a Dios como Padre, el derecho de vivir como hijos libres de Dios, en la libertad gloriosa de los hijos de Dios, que, como no nos da ninguna institución del mundo, a nadie le debemos esa libertad mas que a Dios y nadie puede arrebatárnosla mas que Dios.

 

Dios mío, sólo eso podría poner de manifiesto la belleza de nuestro Pueblo unido, la belleza de la realidad que sois; que yo no soy mas que un pobre servidor de esa realidad y de la vida que Jesucristo nos da y que hoy tengo el honor y el privilegio de poder coronar la Imagen de Nuestra Madre, a Nuestra Señora de la Esperanza.  

 

También podría decir con un deseo ardiente –lo dijo el Señor en la Última Cena y yo lo puedo repetir esta mañana-: con un deseo ardiente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros. Alguien me recordaba al subir al presbiterio que hace 21 años que presentó en el Arzobispado de Granada la primera petición para que se coronase la Virgen de la Esperanza. 21 años de espera, Dios mío. También me recordaba esa persona que el hecho de haber esperado lo que había hecho era alimentar el deseo. Y un Doctor de la Iglesia, del siglo IV, que cerca de Persia (cerca de lo que hoy es Irán), decía: “A veces, parece que el Señor huye de nosotros; pero huye de nosotros para que corramos más”. Si esa espera nos sirve para que la alegría de hoy sea más plena, más pura, más verdadera, también tengo que reconocer que habéis sabido esperar con un espíritu profundamente cristiano, y lo agradezco en el nombre de la Iglesia de Granada y en el nombre del Señor. 

 

Celebrar a Nuestra Señora de la Esperanza. Es verdad que cualquier advocación de la Virgen está llena de implicaciones para nuestra vida. La Virgen es Aquélla que ha abierto la nueva humanidad que brota del costado abierto de Cristo. Es la primera Redimida. Es el Espejo de la Iglesia. Los primeros cristianos, en los primeros siglos, veían sobre todo en Ella justo la imagen de la humanidad redimida, representada en Ella de una manera simbólica, para que nosotros pudiéramos saber cómo son nuestros caminos ante el Señor, llamados como Ella a que Cristo viva en nosotros; a que cada uno de nosotros podamos decir como Ella “soy yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”; a que podamos acoger la Redención de Cristo y la vida nueva de Cristo, llamados a participar como Ella, en el Cielo, de la herencia del Hijo de Dios, de la herencia de los que por gracia hemos sido hechos hijos de Dios, de Dios mismo, del Reino de los Cielos, de la vida divina.   

 

Todas las advocaciones de la Virgen, por lo tanto, en la medida que nos ponen en conexión con el misterio del Amor infinito de Dios revelado en Cristo, todas tienen que ver con nuestra vida. No son flores de adorno, que ponemos a la figura de la Virgen, sin motivo real. Es que Tú, Señora, reflejas nuestro camino y nuestra vocación. Y la advocación de la Esperanza refleja uno de los bienes más escasos, de los que más necesita el hombre de nuestro tiempo, más urgentes para nuestras sociedades, también para la vida de la Iglesia. Porque la Iglesia no está fuera de la sociedad, estamos dentro. Y por lo tanto, muchas veces padecemos, sufrimos, vivimos, gozamos las mismas cosas; vivimos las mismas cosas que viven nuestros hermanos que no están en la Iglesia o que no han conocido al Señor. Y en la sociedad en la que vivimos, en las sociedades europeas y occidentales, que se pudo decir en algún momento que fueron sociedades cristianas, si algo falta es la esperanza. Y falta radicalmente. La profunda crisis demográfica de la que rara vez se habla en los medios de comunicación y en los ámbitos de la opinión pública o publicada; esa crisis demográfica feroz, que asola Europa y que asola nuestro país (alguien ha hablado de “la España vacía”); del crecimiento de una España envejecida que no es capaz, ni siquiera demográficamente, de renovarse; Dios mío, somos una España saciada, somos una Europa saciada de bienes de este mundo. Nunca han tenido los hombres tantos bienes como los que nuestra generación tiene, a pesar de las crisis económicas. (…)

 

Nos falta esperanza; y con la esperanza, amor a la vida. Pensar que la vida es un bien, lo suficientemente deseable como para transmitirlo a una generación que venga detrás de nosotros. Nos falta generosidad. Nos falta fe. Porque la esperanza, que refleja uno de los aspectos esenciales de la vida que Jesucristo nos da a los hombres; que ha sembrado en la historia con su Encarnación, su muerte y su Resurrección, son la Fe, la Esperanza y la Caridad. La vida nueva cristiana puede resumirse en esas tres palabras. La fe no penséis que son creencias o ideas. La Fe es la adhesión a Jesucristo, el poner la vida en las manos de Cristo, una vez que uno ha recibido el don del Espíritu Santo. Poner la vida en las manos de Ti, Señor. Eso es la Fe.

 

Dejadme que distinga dos conceptos que los usamos como intercambiables y no se parecen en nada: esperanza y optimismo. No tienen nada que ver el uno con el otro. (…) El optimismo tiene normalmente por objeto las circunstancias. Confiamos en las circunstancias y eso nos hace ser optimistas. Y cuando no podemos confiar en ellas, ¿qué es lo que hacemos? Inventarnos otras circunstancias nuevas que no son verdad y confiamos en nuestras tácticas o en nuestras estrategias. El centro del optimismo somos en realidad nosotros y nuestras cualidades. El optimismo es nihilista. El optimismo termina en una especie de resignación que aplana a las sociedades. En definitiva, acaba en frustraciones. Inevitables, porque nuestro corazón está hecho para Dios. Y los bienes de este mundo no son capaces de darnos la alegría que nace de saberse hijos de Dios. No son capaces. Ninguno. Ni los más grandes. Entonces, el optimismo genera sociedades resignadas, abatidas; sociedades, en definitiva, derrotistas, que, además, cuando no ven que hay motivos para el optimismo tienen que “fabricar” alegría a base de alcohol o de droga, o de otras cosas, o a base de autoengaño de algún modo. Ese derrotismo es el humus donde florecen las dictaduras, donde florecen las tiranías, donde florecen esos líderes que se hacen dueños de una sociedad. Porque es una sociedad que por esa falsa esperanza, viviendo de esas falsas esperanzas, sencillamente está dispuesta a seguir a cualquiera que le prometa una felicidad a bajo precio. La sociedad optimista termina no siendo una sociedad libre; es una sociedad esclava ya. Esclava de las falsas esperanzas, del consumismo, de pensar que la felicidad la da el desarrollo económico.  

 

La esperanza, en cambio, produce sociedades libres. La Esperanza teologal tiene como objeto a Dios, y sólo a Dios, que es fiel, eternamente fiel, infinitamente fiel, cuyo Amor no defrauda. Y esa Esperanza hace una sociedad, en primer lugar, de hombres libres, que cooperan unos con otros para el bien común, con gusto, con alegría, con la misma libertad con la que habéis venido esta mañana, os habéis puesto vuestras mejores galas, dispuestos a disfrutar y a vivir juntos un momento de gracia precioso. Con esa misma libertad. Una sociedad que vive diariamente en esa libertad gloriosa de los hijos de Dios, que es capaz de amar por encima de las barreras que los hombres nos creamos constantemente unos con otros. Es una sociedad que produce héroes. La Esperanza produce héroes. El optimismo produce pobres seres resignados que se ponen en las manos de cualquiera.

 

Mis queridos hermanos, nosotros damos gracias por ser el Pueblo de Dios. Damos gracias por haber encontrado a Jesucristo. Damos gracias porque Jesucristo ha unido a los hijos de Dios dispersos y nos ha hecho este Pueblo precioso, del que no tenéis que avergonzaros jamás. ¿Qué hay debilidades en él? Pues, claro. ¿Qué hay pecados en él? Pues, claro. Pero no os falta jamás la Presencia viva de Cristo, que hace renacer una y mil veces, y un millón de veces (“70 veces 7”, por decirlo con palabras del Señor), nuestro corazón, nuestra alegría y nuestra esperanza. 

 

Madre de la Esperanza -en este bien, el más escaso de nuestra sociedad, como esperanza verdadera-, Te suplicamos que nos acerques al Misterio de tu Hijo, y que la experiencia del Amor de tu Hijo haga renacer en nosotros esa Esperanza, que ha hecho lo más grande de nuestra historia. En nuestra historia hay muchas miserias. Pero tengo la sensación que vivimos muchas veces demasiado flagelándonos por esas miserias, como si no hubiera más que eso, y terminamos transmitiendo la impresión de que nuestra historia es una historia de miserias. En absoluto. (…) ¿Nos avergonzamos de esa historia? En absoluto. Porque es una historia de Fe, de Esperanza y de Amor. Y esa historia produce la humanidad más bella… Yo reto a cualquier historiador, a cualquier persona de cualquier cultura, a que presente en la historia un hecho, un acontecimiento, una historia más bella que la del Pueblo cristiano. Y a debatir con él en cualquier foro, en cualquier aula. No la hay. Es una historia de santidad, de fe, de entrega; de entrega silenciosa de millones. Es una cultura de amor, hecha por millones de madres cristianas, por millones de padres cristianos, por un pueblo que no ha sido producido en la historia por nada, mas que por el Acontecimiento de Cristo. Nunca, nada tan bello. Nunca, nada tan humano. Porque lo grande de encontrar a Cristo es que nos permite ser humanos. Perdemos a Cristo y pensábamos que no íbamos a perder nada de la humanidad. Hemos perdido nuestra humanidad. (…)  

 

Mis queridos hermanos, hace 30 años que los Papas nos llaman a una nueva evangelización. ¿Qué es eso? Volver a empezar de nuevo el cristianismo. Volver a empezar de nuevo la experiencia cristiana desde los orígenes, desde el principio. Volver a comprender que en ese Amor nos encontramos a nosotros mismos; que en ese Amor podemos ser verdaderamente humanos en plenitud; que en ese Amor de Cristo y en ese Acontecimiento de Cristo nuestra humanidad se regenera, nuestro corazón se regenera, y siempre es posible amar más y amar mejor. Y siempre es posible ser una comunidad, una sociedad fraterna, una sociedad libre. Eso nace de Cristo. Y cuando le quitamos la fuente, se seca. (…)

 

Mis queridos hermanos, a empezar de nuevo, llenos de esperanza, por el Poder Redentor de Cristo y por la intercesión de su Madre, y de la mano unos con otros para hacer un mundo que corresponda a los deseos del corazón de todos los hombres. Cristo ha muerto por todos. De todos los hombres. A todos les queremos ofrecer nuestro amor, nuestra esperanza y nuestra alegría.

 

Que así sea.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada.

 

13 de octubre de 2018

S. I Catedral de Granada

Coronación Canónica Pontifica de Nuestra Señora de la Esperanza

 

Escuchar homilía

 

Palabras finales de Mons. Javier Martínez, antes de la oración y bendición final en la Eucaristía de Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Esperanza.

 

Antes de la oración final y de la bendición, dejadme dar gracias a todos aquellos que han hecho posible esta Coronación, y la belleza también de esta celebración. Yo sé también que detrás de esto tan bonito que vivimos hay muchas manos, mucha generosidad, mucha entrega y muchísimo silencio.

 

Gracias al Hermano Mayor. Gracias a todos los hermanos de la cofradía que han puesto lo mejor de sí mismos para hacer esto posible, de mil maneras.

 

Gracias a la Federación de Cofradías.

 

Gracias al ayuntamiento, sin el cual también no hubiera sido posible esto, porque nos abren las calles, cuidan de nuestra seguridad. Las Fuerzas de Seguridad de las distintas policías también, muy sigilosamente y con mucha prudencia, nos acompañan siempre y nos dejan ejercer nuestra libertad, lo cual está muy bien. Gracias a todos vosotros. 

 

Gracias al Coro de la parroquia y el colegio de Santa María La Blanca, de Madrid, y a los miembros de la orquesta. Gracias al fundador de ese Coro, a Luis Lezama, que está aquí como concelebrante. (…)

 

Gracias a este Pueblo tan precioso. (…)

 

Me atrevo a lanzaros un desafío. En 1492, empezó en Granada una historia preciosa, profundamente humana. Con miserias, pero preciosa, como no ha habido nada en la historia de las relaciones de unos pueblos con otros. Gracias a aquel comienzo, hoy la mitad de la Iglesia Católica habla español. (…) Y se recuerda con gratitud la vida de innumerables mártires, misioneros. ¿Cuál es el reto que pongo delante de vosotros? ¿Le podríamos pedir a la Virgen que en este mundo, tan distinto de aquel que empezaba entonces, y siendo nosotros igual de frágiles que eran aquellos, haga en nosotros el milagro de que una nueva generación de granadinos, justo porque tenemos el pueblo cristiano tan bello que tenemos, pueda empezar algo nuevo, pueda empezar a sembrar esperanza y amor en un mundo tan necesitado de él? ¿Nos podríamos lanzar a esa tarea? ¿Nos podemos poner juntos ese reto delante de nosotros? Yo creo que sí. Y que si se lo pedimos a la Virgen –como eso es el designio de Dios que vivamos del Amor, de la Fe y de la Esperanza-, no nos va a negar. Si le pedimos que seamos los cristianos que hacen falta en este siglo XXI, de la aldea global, donde todas las culturas estamos mezcladas, ¿a que nos lo va a conceder? Pedídselo. Vamos a pedírselo. Y que una nueva generación de granadinos empiece a sembrar amor en nuestro mundo, en el mundo del siglo XXI. Es una tarea digna de vosotros; digna de un pueblo tan bello como el que sois.  

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