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“Acompañarnos en el camino de la vida”

Homilía en la Santa Misa en el VIII día de Novena en honor a Nuestra Señora de las Angustias, el 24 de septiembre de 2020.

Fecha: 24/09/2020

“¿Quién es éste de quien oigo decir tales cosas?”, se preguntaba Herodes, el reyezuelo de la provincia romana de Judea. Acabamos de proclamarlo en el canto del Aleluya: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Nadie ha pronunciado una palabra semejante en la historia aparte de Jesús. Y si se ha atrevido a decir algo parecido era un loco. C.S. Lewis, el autor de “Las Crónicas de Narnia” o de “Cartas del diablo a su sobrino”, decía que una frase como esa no se podía suavizar: o Jesucristo era Dios, o Jesucristo era un loco. Como es evidente por toda su enseñanza que no estamos ante una locura, uno no tiene por menos que plantearse la hipótesis, al menos como hipótesis de que Jesús es aquél que puede responder a las exigencias, a los anhelos, a los deseos más profundos y más verdaderos de nuestro corazón. Eso que ninguna criatura sacia y los ojos no se sacian de ver, los oídos no se sacian de oír –decía el Libro del Eclesiastés- y, sin embargo, nunca estamos plenos, satisfechos.

 

El Libro del Eclesiastés es un libro un pelín extraño, pero pone de manifiesto que, en la historia de la salvación, Dios no deja de abrazar ninguna situación verdaderamente humana. Igual que el Libro de Job. El Libro de Job, cuando Job se queja ante Dios de su dolor y de su angustias, roza la blasfemia. Y el Libro del Eclesiastés roza el escepticismo cínico casi, es decir, “no hay nada nuevo”, “todo es vanidad”, los hombres ponemos esperanza en muchas cosas y todas esas cosas se nos van de las manos. Sólo Tú, Señor, das respuesta a Job y das respuesta a la tentación del escepticismo nihilista en el que no podemos situarnos confortablemente porque es muy fácil decir “Dios no existe”. Pero, Dostoyevski lo decía, “si Dios no existe, todo está permitido”; pero si todo está permitido, la vida humana se vuelve imposible, porque entonces está permitido abusar de los demás, utilizarlos para nuestros intereses, está permitido hacer daño, no hay bien ni mal. Nietzsche lo dijo, y anunció que cuando hubiésemos superado esas categorías del bien y del mal, habríamos alcanzado el superhombre. ¿Qué superhombre, Dios mío?, ¿tenemos pinta de superhombre los hombres de nuestro tiempo? Es verdad que la humanidad ha llegado a la luna, pero yo no soy la humanidad. Yo soy Francisco Javier, hijo de Pilar y de Francisco. Y cada uno de nosotros tenemos un nombre propio y ninguno de nosotros hemos estado en la luna ni vamos a estar nunca.

 

Cualquier análisis económico serio pone de manifiesto que la vida en los años a finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta (no digo en nuestra nación que estaba saliendo de una guerra y del hambre que siguió a esa guerra y al aislamiento del que fue objeto España inmediatamente después de la guerra), pero el nivel de vida general era más alto que el que tenemos hoy. Hoy tenemos más cosas, podemos comprar más cosas, pero vivimos peor.

 

Un obrero de los años cincuenta podía mantener con su solo salario una familia, humildemente, pero la mantenía. Hoy necesita trabajar toda la familia, con mucha frecuencia necesitan dos coches (si viven en una gran ciudad, necesitan un coche cada persona porque no pueden trasladarse, tienen que levantarse a las 6 de la mañana para llegar al trabajo a las 8). Hemos perdido un montón, no creáis. Es muy fácil vender que progresamos siempre. No, hemos perdido un montón en nuestra vida social, en nuestra vida humana.

 

Yo he mencionado que la vida humana, desde el primer día, tiene cuatro dimensiones sin las que no hay vida humana. Una: la familia. Y la familia es una realidad absolutamente amenazada por nuestra sociedad donde ha dejado de existir la familia más grande, a veces (…); como hay tantas distancias entre unos y otros no hay posibilidad real de hacer vida de familia, pero las familias se rompen. Luego está el trabajo. El trabajo también se ha deteriorado. Se ha especializado muchísimo, pero eso significa muchas cosas que son muy negativas. Y luego está la vida de los intercambios humanos. Y por último, la vida de la “polis”, la vida de la ciudad, que no es exactamente lo que hoy llamamos política, pero no hay vida humana si no hay una cierta ciudad, una concepción de la autoridad, del espacio y del tiempo.

 

Economía significa “la regla del hogar”, la ley del hogar. Un autor, un pensador americano contemporáneo que vive todavía dice: “Eso no es lo que se nos enseña en las universidades cuando se habla de economía, porque lo que se enseña en nuestras universidades es el arte de robar legalmente”. No lo digo yo, lo dice un profesor de universidad en Estados Unidos. No hay hogar, ¿cómo va a haber economía? Para que haya hogar tiene que haber una mesa común. Decirme si en nuestras casas no se ha dispersado. Cada vez es más difícil que la familia…, y hablo de la familia nuclear, los padres y los niños, y los niños a veces ya tienen que comer en el colegio con lo cual no hay ni siquiera mesa común. Hay familias donde se trata de salvar el comer en común por lo menos una vez a la semana. Y comen los padres y el niño (si hay niño). O los padres y los niños. Pero una mesa familiar, un lugar.

 

Lo mismo la economía. La economía tal y como está concebida destruye no sólo el hogar; destruye las comunidades humanas. Las empresas hablan mucho de externalizar trabajos, hablan mucho de translocación, es decir, que para fabricar un coche hace falta fabricar –supongamos- dos mil piezas, pero esas dos mil piezas se fabrican en cien países diferentes. Si hay una crisis en uno de esos país, si sucede que la fábrica se cierra, el confinamiento de fábricas aquí ha paralizado producciones de automóviles que necesitaban piezas de España y que no podían salir de España, o que no podían entrar. Es una economía abstracta. Yo tomé conciencia de ello una vez que estaba esperando un avión en Barajas, hace ya muchos años. Iba a dar una conferencia en Italia y el avión salió con seis horas de retraso. Yo os confieso que pensé “Señor, si llego a las cuatro de la mañana y tengo que dar la conferencia a las diez de la mañana, no dormiré, la daré lo mejor que pueda y ya está”; pero no nos decían que estábamos dentro del avión esperando, una hora, dos horas, allí estuvo a punto de haber un amotinamiento, una verdadera rebelión, la gente estaba empezando a llamar a la policía, ataques de nervios, y la gente la tomaba con las azafatas y yo pensaba para mis adentros “pobrecitas azafatas”, ¿quién será el responsable de esto?, pues no lo sé. En realidad, en una economía así de abstracta donde todos somos un número, donde todos hacemos una piececita pero nadie es responsable del conjunto, por así decir, ¿a quién se le piden cuentas?, no se le pueden pedir cuentas. Si mi carnicero del barrio me da una carne que está pasada se lo puedo decir, pero en una gran superficie si me llevo una carne que no está en buen estado, ¿a quién se lo digo?, ¿a la pobre chiquilla que está allí en la tienda y se gana su pan como puede trabajando ahí un montón de horas y diciendo a todo el mundo “que tenga un buen día caballero”, y nada más?, ¿y dieciséis veinticinco?, o el precio que sea, sin más relación. Somos sociedades anónimas.

 

No tengo ninguna añoranza del pasado en ningún sentido, ni político. Sólo sé que estamos en un mundo que se muere a chorros y tenemos, con la ayuda del Señor, que tratar de rehacer comunidades humanas, pequeñas comunidades humanas, porque las comunidades para que sean humanas tienen que ser pequeñas. Pequeñas comunidades donde nos conozcamos, donde podamos compartir el camino de la vida, donde no sólo escuchemos un discurso acerca de Dios o de Jesucristo, o de los aspectos de la vida cristiana, sino sobre la vida. Tenemos que acompañarnos en el camino de la vida. Mientras no rehagamos esas comunidades humanas no habrá hogar y no habrá una humanidad, “una sociedad sana”, como decía Chesterton. Él escribió un libro que se titula “Esbozo de una comunidad sana”, antes de 1926, porque se daba cuenta de que la sociedad humana no era una comunidad sana ya.

 

Tenemos que pedirLe al Señor que nos ayude a recuperar ese espíritu de comunidad, porque en una comunidad si yo te conozco, si tú me conoces, si yo sé que tienes a tu padre enfermo, o a tu marido, o a tu hijo enfermo, igual entiendo que estés de mal humor, igual puedo entender que tienes una cara de cansancio que no puedes con tu alma, puedo preguntarte por qué estás tan cansada; si nadie nos conocemos a nadie, si no hacemos más que cumplir con un trabajo… Conozco un trabajo donde las personas trabajaban por la noche pasando facturas, pasando contabilidad de unas grandes superficies, donde si una chica tenía que ir al servicio y se mareaba y perdía un minuto más de lo necesario, se lo descontaban. Como en los trabajos de las novelas de Dickens. Y si una chica estaba pasando una mala racha o lo que fuera y le cundía menos, se medía el número de facturas que tenían que pasar durante las horas del trabajo de la noche. Y todo lo que fuera menos de eso se descontaban del sueldo.

 

Celebramos hoy a la Virgen de la Merced y celebramos todos los días a nuestra Madre, Nuestra Señora de las Angustias. Tenemos que pedirLe que nos ayude a hacer comunidades, a ser comunidades, a estar dispuestos. ¿Y con quién se hace? Es como la amistad. La amistad no se fabrica, no es fruto de un cálculo. No, la amistad se encuentra. Las comunidades se encuentran, pero hace falta encontrarlas, hace falta desearlas. Ya el deseo de tener una comunidad en la que podamos compartir el camino de la vida, donde pueda uno decir “llevo un par de meses que no me aguanto ni yo”. A lo mejor, la pandemia ha hecho que muchos de nosotros no nos aguantemos ni a nosotros mismos, pues se nos hace mucho más difícil aguantar a los demás. Dios mío, tenemos que recuperar eso o no habrá una economía sana.

 

Hay otro aspecto en la economía. Lo que ha hecho a esa economía tan insana, la que tenemos, es la avaricia de la cual dice el Antiguo Testamento que es el origen de todos los males. El Señor no ha probado ninguna clase de pecado. El pecado es siempre un mal. Y casi todos los pecados son una forma de avaricia, hasta la envidia tiene que ver con la avaricia. Pero el Señor sólo puso en guardia contra una cosa, que es contra el dinero cuando dijo “no podéis servir a Dios y al dinero”. Y cuando uno piensa en la necesidad de una economía, buena, mejor, donde haya menos esclavos, donde seamos todos menos esclavos de la economía…. Yo estoy seguro de que si la economía corre verdaderamente peligro, importará mucho menos que mueran cien mil personas a que se ponga en peligro la economía, y se sacrificará lo que haga falta, incluso vidas humanas, porque las categorías de nuestro mundo ponen la economía por encima de todo. Pero no la economía como ley del hogar, sino la economía como ambición, la economía como esa máquina -decía también una pensador reciente- “hecha para girar constantemente y mantener el único resto que queda de lo que llamamos humanidad que es el turista”. Y sé que estoy diciendo esto en una ciudad que vive del turismo, una economía muy frágil como se ha puesto de manifiesto. Tenemos que pasito a pasito, gota a gota, como sea, con la ayuda del Señor, retomar una forma de intercambios más sana, más humana, donde tu rostro, aunque esté detrás de la mascarilla, sea siempre el rostro de un potencial amigo, de un verdadero hermano o hermana, de una persona cuyo bien me importa, cuyo bien deseo, y deseo con toda mi alma, a quien deseo, a quien quiero aunque no conozca y deseo querer. Sólo de ahí puede surgir una economía menos abstracta, una economía con rostro humano.

 

Un libro muy reciente, del año pasado, se titula “El culto a mamón”, es lo que el Evangelio dice: “No podéis servir a mamón y a Dios”. Mamón era como un signo del dinero. Y el culto a mamón de cómo el capitalismo se ha convertido en nuestro única religión. No es un libro escrito en España. No es un libro que tiene como horizonte los problemas políticos que vive nuestra sociedad que son gravísimos, pero que hunden sus raíces en estas cosas de las que estamos hablando estos días y que sólo pidiendo al Señor que nos ayude a construir con su ayuda pequeños espacios de humanidad, pequeños espacios de libertad, pequeños espacios, pequeñas comunidades educativas, verdaderamente educativas. Yo sé que unos padres solos, y que trabajan, no pueden cuidar de los niños. Imaginaros que se vuelven a cerrar los colegios (que puede pasar), que estamos a punto de que pueda pasar, si es que las cosas siguen por donde van, y dices “¿tienen que juntarse unas cuantas familias?; a lo mejor, es un bien sin que entre ellas tengan que cuidar a diez, a siete niños de algún modo.

 

Virgen Santísima de las Angustias estamos en un momento… El libro decía “no ha habido nada que no haya pasado antes”. Claro, las guerras han pasado siempre y las epidemias han pasado siempre. Es la primera vez que sucede que una epidemia tiene una dimensión mundial; que una enfermedad que se lleva millones de vidas tenga una dimensión mundial, que suceda en todo el mundo a la vez. Eso es la primera vez que pasa, y tiene que ver también con la naturaleza de nuestra economía y con la inhumanidad de nuestra economía. Pero Le podemos pedir a la Virgen. Yo no tengo en mis manos que cambie la economía, claro que no; tampoco le corresponde a la Iglesia -digamos, en cuanto a ministros de la Iglesia-, sí al pueblo cristiano generar iniciativas que pongan de manifiesto otra forma de vivir, que pongan de manifiesto otra forma de relacionarnos. Yo eso no lo puedo crear, porque no lo tengo y no quisiera tenerlo, en el sentido humano para hacerlo. Pero sí que puedo hacerlo con mis vecinos, crearlo con las personas con las que comparto la fe, crearlo con las personas que conozco del barrio y, en lugar de hablar sólo del tiempo, o de lo malas que son las noticias que nos da el telediario, pues hablar de algo constructivo, hacer algo que nos permita compartir, compartir lo que realmente estamos viviendo cada uno. Esa posibilidad de compartir es lo más humano y, a lo mejor, es el comienzo de una economía nueva; a lo mejor, es el comienzo de un modo de vida nuevo. Ciertamente, puede ser el comienzo de una humanidad mejor. Y esa humanidad comienza en nuestro corazón, en cada uno de nosotros, en las personas que tenemos cerca.

 

Vamos a pedirLe a la Virgen con toda seriedad, con toda sencillez también, con toda pobreza…, pero menos eran los cristianos en tiempos de San Pablo, menos eran los cristianos cuando Jesús predicaba, no había nadie sólo los Doce, aquellas mujeres, Su Madre…

 

Danos, Señor, el poder de empezar. Yo, algunas veces que he tratado de hablar de esto en ambientes cristianos un poco más en profundidad de lo que permite una homilía, me han dicho: “Pero la economía y la política no son cosa de la Iglesia”. Hace ciento veinte años ya que un Papa habló, escribió la primera de las Encíclicas que se llaman “sociales” sobre la condición obrera y hablaba del salario justo y de cómo un salario tenía que poder permitir a cualquier obrero sostener a su familia con dignidad. Y todavía Juan Pablo II, cien años después, tuvo que justificar que ese Papa y otros muchos que han escrito después encíclicas sociales (casi todas ellas incidiendo en la inhumanidad cada vez mayor de nuestra economía, hasta el Papa Francisco), todos ellos han tenido que defender que es que sin economía lo que se destruye es también la vida humana, y a la Iglesia le importa también la vida humana y claro que hay una economía humana: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Hay un modo de intercambios que es más parecido al que se da en una familia sana. ¿A que en una familia sana no se mide lo que uno da? No está esperando a que me devuelvan lo que he dado. ¿A que en un familia sana uno vive dándose sin esperar que me devuelvan? Dándose porque es lo más humano: darse, como Dios nos lo ha dado todo.

 

Virgen de las Angustias, en este momento de extrema dificultad para nuestro país, para nuestra sociedad, para nuestras ciudad, danos imaginación, danos un corazón capaz de tratarnos de una manera más bella, más conforme a Tu designio, más conforme a lo que somos, imagen Tuya, imagen del Dios que es Amor. Y tendría que notarse. Si a Herodes le interesaba, tenía curiosidad por saber quién era Jesús, ¿tendría alguien curiosidad por saber quiénes somos estos que nos llamamos cristianos, porque nuestra vida misma (no nuestros discursos) hace suscitar preguntas? Pienso, probablemente no. Todo el mundo sabe lo que se puede esperar de un obispo.

 

Que nuestras vidas susciten un deseo de una humanidad más bella. Te lo pedimos por la intercesión de nuestra Madre. Te lo pedimos para nosotros que estamos aquí, para quienes nos siguen a través de los medios de comunicación, de la televisión diocesana. Te lo pedimos para nuestros hermanos que no están aquí, que tal vez no creen, pero ¿quién no tiene deseo de ser feliz? Y os aseguro que no habrá alegría en el mundo mientras no haya un mundo construido sobre el amor, y no sobre la ambición, no sobre la avaricia. Por lo tanto, que seamos comienzo de ese mundo nuevo. Danos el don de serlo a la medida de nuestras pobres fuerzas.

 

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

 

24 de septiembre de 2020
VIII día de Novena en honor a la Virgen de las Angustias

Basílica de Nuestra Señora de las Angustias (Granada)

 

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