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La gloria de Dios es la fecundidad del hombre

V Domingo de Pascua · ciclo B

Fecha: 14/05/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 686



Jn 15, 1-8 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».




¿Cómo hemos llegado los hombres modernos a pensar que Dios es el enemigo del hombre, de su realización y de su vida?. 

Tal vez cuando empezamos – cuando el pensamiento occidental empezó – a considerar a Dios sólo como “el más grande”, “el más poderoso”, cuya diferencia fundamental con su criatura era sólo y precisamente ésa, su poder infinito. A pesar de la afirmación de su  poder, Dios venía de ese modo a ser “un ser” junto a la creación, junto a la criatura, distinto de ella y fuera de ella. La frontera entre Dios y la criatura quedaba así, aparentemente, muy marcada. Pero sólo aparentemente, porque al concebir a Dios así, Dios venía a ser “imaginado” como “un ser”, más o menos igual en eso que las criaturas. 

De esto hace ya mucho tiempo, tanto que casi hemos perdido la memoria de ello. Era hacia finales del siglo trece, y eso era todavía el corazón de ese período que se sigue llamando “Edad Media” por pura rutina intelectual. Pero ahí estaba ya latiendo el origen de los absolutismos y de las dictaduras modernas, monárquicas o republicanas, del ancien régime, ilustradas o post-modernas. Y ahí estaba el origen del nihilismo, porque cuando el Ser se concibe como “un ser” tiene que limitar con “la nada”, que de este modo adquiere también la categoría de “cosa”, de “algo”, que puede por tanto ser elegido y amado. Y ahí está el origen de otras muchas cosas más, como la idea de que la misión del hombre, como la de un pequeño dios (el hombre es, al fin y al cabo, “imagen” y “semejanza” de Dios), es “dominar la tierra”, en el sentido de un dominio absoluto sobre todo lo que no sea “el pequeño dios” y sus intereses, el sujeto moderno.

 La influencia de esa manera de imaginar a Dios (y al hombre) es tan absoluta, llena de tal manera nuestro pensamiento, que en gran medida no la pensamos siquiera, sino que constituye un presupuesto, una premisa no pensada desde donde pensamos todo lo demás.  Aún hoy, para una infinidad de personas, la pregunta de si existe Dios significa algo parecido a la de si existen los ovnis, los orcos o los elfos, a la de si habrá una clase de seres (el número a este nivel de la pregunta no hace al caso), en algún lugar del cosmos, o en algún lugar fuera de él, que se parezca a lo que entendemos cuando decimos “Dios”. Que, por cierto, lo que entendemos se parece no poco a la imagen de “Mordor” en la película de “El Señor de los anillos”.

Ese paso, decisivo para la historia de Occidente, lo dio alguien que se llamaba Duns Scoto, padre del nominalismo y del voluntarismo modernos. Y padre, como hemos indicado, de muchas cosas más. Una cosa inmensa que se perdía en ese paso es la conciencia, infinitamente más rica y justa con la realidad de las cosas, de que ser es participar en el Ser, es decir, en Dios. El Ser no era “un ser”, sino el Misterio infinito que sustenta y da consistencia a todo. De hecho, cuando antes de ese paso se hablaba del Ser (por ejemplo, Santo Tomás de Aquino), se pensaba menos en un sustantivo que en un verbo, por mucho que esto nos resulte chocante a nosotros. Pues bien, de las mil consecuencias que tiene esta otra perspectiva, quiero decir, la tradicional, una de ellas – absolutamente decisiva – es que la idea de una rivalidad entre Dios y su criatura era algo impensable, una necedad, puro sinsentido. Y sólo por señalar otra: el mal no constituía en absoluto un problema para la existencia de Dios. El mal dolía, el mal hacía sufrir, más o menos como siempre, y uno podía rebelarse o preguntarle angustiado a Dios, o pedirle ayuda. Pero no constituía un arma contra la idea de su existencia, como después de imaginarse a Dios como un ser, y más concretamente, como un ingeniero o un fabricante de relojes.

¿A qué viene este largo excursus? Volved a leer, por favor, el evangelio de hoy. “La gloria de Dios es el hombre viviente”, decía S. Ireneo en el siglo II. “Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante”. La “voluntad de Dios” no es, como fácilmente tendemos a pensar los hombres modernos, fuera, y también dentro de la Iglesia, una voluntad arbitraria y caprichosa, por lo general desagradable, situada ahí delante con la finalidad fundamental de poner a prueba nuestra obediencia, y en relación con la cual nuestro principal trabajo consistiría en resignarnos, en “aceptarla”. No, “la voluntad de Dios”, dice San Pablo, “es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Cristo ha venido, no para recortar nuestra humanidad, sino para hacerla posible, y hacer posible su plenitud. Nuestra plenitud y nuestro gozo. “Para que tengáis vida, y vida abundante”. Uno no se une a Cristo, y no permanece en Cristo, por masoquismo, o por un sentido de la obligación y del deber. Uno le pide al Señor cada día, como un mendigo, “no permitas que me separe de Ti”, sólo por una cosa: porque uno ama la vida más que la muerte, más que nada. Y por eso ama a Cristo más que a la vida.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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