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Vosotros sois testigos de esto

III Domingo de Pascua · ciclo B

Fecha: 30/04/2006. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 684



Lc 24,35-48 Contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo ten-go”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo que comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.



La frase se la dijo Jesús a los discípulos. Da la impresión de que con ellos estaban también los que habían regresado de Emaús. La cuestión es qué significa eso para nosotros, cristianos de dos mil años después. Dicho de otro modo, cómo podemos ser testigos de la resurrección. Porque de la verdad o no verdad del acontecimiento de la resurrección depende por entero la razón del ser del Cristianismo. Y si la Iglesia no testimonia la resurrección, ¿qué es lo que puede testimoniar? ¿Sus cualidades humanas o religiosas? ¿Lo buenos que somos? Dios tenga piedad de nosotros.

Pero, ¿cómo se puede dar testimonio de algo que, en primer lugar, de haber existido, es un acontecimiento único, jamás sucedido otra vez, sin parangón en la historia, y en el que además no hemos estado presentes? Lo que se puede es dar crédito a los testigos anteriores, a quienes se encontraron con Jesús. Y ese crédito es sin duda un factor esencial de la fe.  Pero es obvio que cuando la Iglesia habla de que la vida cristiana es –también para nosotros, veinte siglos después– un testimonio de Cristo resucitado, implica algo más que el mero asentimiento a un relato de algo que, en definitiva, les ha ocurrido a otros. Lo que sucede es que tomarse en serio esa aserción de la Iglesia –hemos nacido para dar testimonio de Cristo– implica cambiar de entrada ciertas concepciones muy difundidas sobre lo que es el Cristianismo.

La primera de todas, y tal vez la más difundida y común, en el ambiente cultural que respiramos, es la idea de que el Evangelio, la Iglesia, los sacramentos, el sacerdocio y todo, existen en definitiva para ayudarnos a ser buenos, o a ser mejores. Y que ser cristiano es ser más bueno. Eso es una herencia del moralismo ilustrado, que corrompe de raíz la experiencia cristiana. Que parte de ese falso dogma que es el de creerse que los hombres nos damos a nosotros mismos la plenitud. Eso implica la negación, en el fondo, de todo el acontecimiento cristiano, pero además, como es obvio que los cristianos no somos necesariamente más buenos (dejando aparte la cuota de falsos cristianos que nos corresponde), y como es obvio que ni siquiera la fe en Dios (tal como esa fe se entiende en nuestro mundo, que es algo así como creer en que existen extraterrestres) nos hace automáticamente más buenos, finalmente se saca la conclusión de que nada de eso hace falta para ser buenos, o más buenos, o menos malos, y que en definitiva, todo se juega en la decisión y el esfuerzo humano. Triunfo completo de la serie de sofismas y medias verdades que sirven para justificar la falta de fe.

La otra forma errónea de concebir el cristianismo que quisiera corregir (no es tan distinta de la anterior, ni incompatible con ella) es la que afirma, más o menos explícitamente, que el Cristianismo es un acontecimiento, pero del pasado. Lo único presente serían sus consecuencias éticas. Ya sé que pocas personas que se consideren cristianas van a decir esto como yo lo he dicho aquí, pero la mayoría de los modos de hablar de los cristianos refleja que eso es lo que se piensa en el fondo. No se considera el Cristianismo como un acontecimiento presente, que sucede en mi vida en la comunión de la Iglesia, que me sucede a mí. Es verdad que muchas veces, para muchos cristianos, no lo es, porque siendo toda su vida cristianos, como se es cristiano normalmente en nuestro entorno, en la vida no ha sucedido realmente nada, más que la conciencia, a veces angustiosa, de unas obligaciones añadidas a la vida y a sus dificultades.

La necesidad más urgente de nuestro Cristianismo, para que nos sirva en la vida y para que sirva al mundo, es recuperar esta experiencia. Claro que eso significa recuperar que la comunión de la Iglesia –vivida, experimentada– es el lugar de la fe y, por lo tanto, el factor esencial a la fe. Sólo ahí la experiencia de vivir es transformada, es la experiencia de una plenitud, de una gracia “que vale más que la vida”, y por la que, por lo tanto, se puede dar la vida.  Esa plenitud es algo tan inalcanzable para el hombre y tan inaudito como la victoria de Cristo sobre la muerte. En realidad, lo que se vive cuando el Cristianismo se descubre así, es que la victoria de Cristo sobre la muerte es, en primer lugar, y en mi experiencia, la victoria de Cristo sobre mi muerte, sobre nuestra muerte. Y de eso sí se puede dar testimonio. De eso, cuando ha sucedido, no se puede evitar dar testimonio. El testimonio de los Apóstoles y el de lo que ha sucedido en la propia vida son el mismo testimonio, son la misma victoria. Una victoria de Cristo, que vive, porque actúa. Porque da vida, porque comunica su Espíritu, porque engendra una libertad y una alegría que no son productos que se encuentren en el mercado. Y yo soy testigo de ello, os lo aseguro.


† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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