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“Ser testigos de la novedad que Cristo trae para hoy”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía de clausura del Simposio Internacional sobre Isabel La Católica y América Latina, celebrado en Valladolid del 15 al 19 de octubre de 2018.

Fecha: 23/11/2018

 

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy querido Obispo auxiliar;

queridos sacerdotes concelebrantes, congresistas, hermanas, hermanos y amigos todos:

 

En primer lugar, quiero dar las gracias a D. Ricardo Blázquez por haber querido que yo clausurase este Congreso tan bello, tan rico, sobre Isabel I de Castilla y la evangelización de América, con esta Eucaristía que debería haber presidido él si no fuera porque está en los trabajos del Sínodo.

 

Una Eucaristía es una celebración de familia siempre. No tiene la imponencia que han tenido las ponencias y las comunicaciones de estos días y, por lo tanto, me vais a permitir el tono de la confidencia. La confidencia de una “mesa camilla”, porque lo que aquí sucede es el centro de la historia como sucede en el más humilde altar del rincón último de un pueblecito de los Andes, o en las montañas de China, o en el fondo de las selvas de África. En ese momento, se unen el cielo y la tierra; el único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, viene a nosotros y cumple las palabras con las que tan bellamente en ese Tratado del Amor de Dios de san Bernardo al que ha hecho referencia nuestra última comunicadora de esta mañana: se cumple sencillamente eso. Eso es lo que sucede en cada Eucaristía. Cuando digo en tono de confidencia significa sencillamente un lenguaje entre hermanos, hijos del mismo Padre, reunidos por el mismo Cristo, centro del cosmos y de la historia, y vida en nuestras vidas. Subrayo este punto precisamente porque el contacto con los santos (con los que hemos estado en contacto estos días y que se nos ha puesto tan delante de los ojos, hombres y mujeres de todas clases, inspirados y estimulados por la obra de esta gran mujer que es Isabel de Castilla) nos invita sobre todo a la santidad. Yo, evidentemente, no puedo responder a la pregunta que le habéis hecho al postulador, por lo menos no puedo responder en la manera en la que vosotros cuando la hacíais desearíais que os hubiese respondido. Pero me atrevo a decir sin presunción que voy a responderos de otra manera.

 

¿Queréis que Isabel I de Castilla sea reconocida como santa? Porque asumimos como compromiso no ser demasiado indignos de ella. Es decir, como aquellos primeros misioneros de los que hemos oído hablar, hoy, en nuestro mundo, cuando damos gracias sobre todo por (y esas gracias yo las puedo dar sin “implicar” el reconocimiento formal de la Iglesia que la Iglesia hará cuando considere oportuno si lo considera oportuno)…  pero puedo dar gracias por el don de la fe que es lo más precioso; por el don de la comunión de los santos, la vida de la Iglesia, que es lo más precioso que tengo en mi vida, y lo más precioso que cada uno de nosotros tenemos en nuestra vida. Y dar gracias por ello significa dar gracias por toda aquella cadena de testigos, y de personas, de instrumentos, a veces incluso pecadores, que han hecho llegar el tesoro de la vida nueva en Cristo hasta nosotros. Y ahí sí que puede dar uno gracias tranquilamente, por todos ellos. Desde los apóstoles, hasta nuestro padres, o los amigos que nos han acercado a la fe, o los testigos que han hecho posible que accediéramos a ella, o revitalizáramos un Bautismo dormido en nosotros.

 

Estoy diciendo una cosa en el fondo muy simple. ¿Queremos la canonización de Isabel La Católica? ¡Seamos santos! ¡Venga, pidámoslo al Señor! Que permita que en este mundo que ahora empieza seamos, mostremos así, a la Iglesia, que realmente deseamos por encima de todo lo que ella deseaba. Eso es lo que digo: no ser demasiado indignos de ella. Ella fue, estuvo en el origen, en el comienzo de un mundo. Y en el comienzo de ese mundo fue una defensora grandísima de la dignidad de la persona humana (yo no emplearía, a lo mejor, la expresión “los derechos de los indios”, pero ciertamente de su salvación eterna, su preocupación por acceder a la fe).

 

El Evangelio que hemos leído es justamente una llamada a todos los que son discípulos de Jesús a llevar el Evangelio a todos los pueblos. Comenzaba un mundo, comenzaba el mundo de América y el mundo de América lleva ese sello de respeto, por muchos pecados y muchas miserias que haya habido de respeto y de amor a la dignidad de las personas. Es una gesta única en la historia, en el mestizaje, en tantas cosas. Pienso en la belleza que ha sido evocada y que serviría a lo mejor para nuestro mundo de nuevo, que servirá para nuestro mundo de nuevo, de los “pueblos hospitales”. A lo mejor, hay que volver a hacer “pueblos hospitales”, pero no en América, sino en la vieja Europa, que se muere a chorros.

 

En el mismo momento, o un poquito después, de cuando la Reina vivía, en Europa se impuso un principio que era el principio “Cuius regio, eius religio”. San Juan Pablo II, en el año en que cayó el muro de Berlín, al año siguiente, convocando a los presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa, dijo que el principio que había marcado el segundo milenio en Europa era la contradicción de uno de los fundamentos de la fe cristiana, que era el reconocimiento de la libertad y de la dignidad de cada persona humana. Eso, la Reina lo hizo en el Nuevo Mundo, mientras en Europa se estaba preparando el terreno para las llamadas “guerras de religión”, que, seguramente, no fueron guerras de religión, pero se estaban preparando los pueblos europeos para combatir en unos combates que no han terminado hasta el siglo XX.

 

Georges Bernanos, un escritor católico -no demasiado conocido entre nosotros, salvo por “Diálogos entre carmelitas” y por el “Diario de un cura rural”, quizás, pero que al menos, indirectamente, me atrevo a decir, que ha sido maestro de tres papas: san Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco-, escribiendo durante la Guerra Civil española una preciosa homilía de la que Von Balthasar decía que era la mejor homilía que había leído (“Homilía de un ateo en la fiesta de Santa Teresa de Lisieux”), decía que a los santos (ponía él en la boca del supuesto ateo que hablaba por su nombre) no hay que aplaudirlos, hay que seguirlos. Decía: si Europa hubiese seguido a Francisco de Asís en lugar de aplaudirle, Europa se habría ahorrado el Cisma de Avignon, la Reforma Protestante, las guerras de religión y tal vez dos guerras mundiales. Estamos en un momento también decisivo de la historia de Europa y de la historia del mundo. Está comenzando un mundo. No es el mundo que nacía en el siglo XV y XVI. Es el mundo nacido del capitalismo global.

 

Por qué no Le pedimos al Señor (y se lo pedimos en esta Eucaristía) que en la medida de nuestras fuerzas, de nuestra pobreza, de nuestro estado (muchos sois educadores universitarios), que desde lugar que ocupamos en la sociedad y el mundo, podamos ser verdaderamente testigos de la novedad que Cristo trae para hoy, mirando donde los santos que nos han precedido miraban, es decir, a Jesucristo, mirando a Jesucristo. No aplaudiendo a los santos. No con nostalgias de reconstruir un pasado que jamás volverá, sino respondiendo con la misma energía y el mismo corazón fresco y libre que ellos al momento presente. Desde nuestra pobreza, Señor.  La santidad no es obra nuestra; no es obra de nuestros propósitos, de nuestros compromisos; es obra de la Gracia. Pero esa Gracia, ya el desearla también es obra de la Gracia. Pero hay que pedirLe al Señor poder desearla con todas nuestras fuerzas (…), siendo instrumentos de Su obra en este momento de nuestro mundo. 

 

Dejadme subrayar, para terminar simplemente, dos rasgos de esa santidad que me parecen esenciales, o que me parecen particularmente útiles (hay muchos más sin duda ninguna). Para eso, para que podamos ser testimonio del bien que Jesucristo representa en un mundo como el nuestro, de las grandes redes sociales, de las telecomunicaciones y de las comunicaciones velocísimas, de la participación de los eventos de la otra punta del mundo en tiempo real, podamos ser testigos de Cristo. Testigos atractivos del bien que Cristo significa para la vida de los hombres. Tenemos que volver a ser un Pueblo. No lo somos. Durante demasiado tiempo hemos concebido la santidad como una especie de añadir cualidades individuales o cualidades a nuestras personas, rasgos, si queréis, de tipo espiritual, hasta de tipo ascético, todos. Tenemos que volver a ser un Pueblo y no el pueblo español, ni el pueblo de la hispanidad, ni el pueblo defensor de los valores de Occidente. Tenemos que volver a ser el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo, que nos sentimos miembros los unos de los otros, en el que no anhelamos que todos sean manos o que todos sean ojos; donde uno da gracias a Dios por estar en el Cuerpo, aunque uno sea la uña del dedo meñique del pie; donde uno no es víctima del anhelo de los prestigios (en el mundo académico yo sé lo que eso significa), o de los bienes de este mundo. Mirando a donde miraba la Reina. Mirando a donde han mirado todos los santos -Santo Toribio de Mogrovejo-: a Cristo, que no tuvo como cosa digna de ser retenida el ser igual a Dios y vino –en palabras de mi amigo San Efrén, Doctor de la Iglesia- “a vivir treinta años entre salvajes”, que somos nosotros.

 

Ha venido a nosotros sin avergonzarse de nuestras miserias ni de nuestras heridas. Señor, danos algo de ese fuego, danos algo de ese Espíritu, danos algo en este mundo. Que seamos signo. Sólo evangelizaremos el mundo contemporáneo si nos pueden percibir como miembros de algo que no es una nación, que no es una construcción humana, y eso sólo lo es la Iglesia. Lo construye la Virgen en esas procesiones masivas en las que de repente nadie obliga a ir a nadie y se juntan miles y miles de personas. Y curiosamente, se realiza el liberalismo más grande, porque todo el mundo está allí libremente y porque quiere; y del comunismo más grande, porque allí da lo mismo ser un gran empresario, un pobre trabajador barrendero de las calles: todos nos sentimos hermanos, hijos de nuestra Madre María, redimidos por Cristo, miembros de un mismo Pueblo. Y esos momentos –todos tenéis experiencia de ello, creo que todos vivís en Andalucía o en América Latina, o lo habéis visto de una manera o de otra- son momentos de gracia que nos fortalecen en la fe. Si ese estilo de vida marcase nuestras vidas; si esa conciencia de que mi pertenencia primera es a Cristo, y al Cuerpo de Cristo, mucho antes que ser castellano, andaluz, granadino, torero o lo que queráis; soy hijo de Dios, somos parte los unos de los otros, y parte en el designio de Dios y para la vida eterna, me parece que si no recuperamos eso, haremos miles de esfuerzos y surgirán nuevas iniciativas de grupos y de cosas. Mientras no podamos decir con orgullo “soy cristiano, por la Gracia de Dios” y eso es lo más grande que soy y mostrarlo en nuestras vidas, estaremos corriendo tras el viento.

 

Segundo rasgo, (…) el Papa Francisco ha insistido en una cosa que seguramente a vosotros os ha llamado la atención (a mi me la ha llamado y he pensando en ello no pocas veces), y tiene muchas dimensiones y tiene mucha riqueza y mucha hondura. Es la primacía del tiempo sobre el espacio. La humanidad vive en el tiempo y en el espacio. No vivimos ni fuera del espacio ni fuera del tiempo. Nuestras vidas como criaturas pertenecen al tiempo y al espacio. Pertenecemos a Dios en el tiempo y en el espacio. Y dice “el tiempo y el espacio es primero”. Esto tiene que ver con las nostalgias y con un cierto dolor en nuestro Pueblo cristiano y en nuestra Iglesia que yo percibo. Hemos perdido espacios. Claro que hemos perdido espacios. Estamos cerrando iglesias. Claro que estamos cerrando iglesias. Es notorio en la prensa el número de monasterios que se cierran, o que se van a cerrar en los próximos años en cantidades muy numerosas, muy grandes. Tenemos que pedirLe al Señor que no nos deje lamentarnos ni un minuto por esas perdidas de espacios, porque esas perdidas de espacios o la conciencia que crean en nosotros fácilmente es un derrotismo, un cierto escepticismo con respecto a la misma fe o a nuestra condición de cristianos, que favorece muy fácilmente el debilitamiento de esa fe en nosotros.


Lo importante es el tiempo. Lo importante es el ahora en el que somos llamados a la santidad. ¡Todos! ¿Conversión pastoral de todos los pastores? ¡Pues claro, Dios mío! Seguidla pidiendo para todos nosotros, para vuestros sacerdotes, para vuestros religiosos. Todos. Conversión pastoral de todos. ¿Cuánto puede aprender un pastor del testimonio del más humilde de los cristianos cuando ve que arriesga su vida por la fe? Y eso sucede todos los días en este mundo nuestro. No os concedáis demasiada facilidad el criticar la ideología de género. Parece que con una crítica a la ideología de género estamos todos justificados en nuestra mediocridad o en nuestra frivolidad o en nuestros modos de vida. Y a nadie se le ocurre pensar que la ideología de género es uno de los instrumentos más fuertes de ese capitalismo en el que todos vivimos tan contentos y al que todos contribuimos tan contentos, que es la consecuencia lógica de esa cultura en la que todos vivimos tan contentos y que nadie criticamos, porque somos tachados de visionarios, de apocalípticos o de no se qué… No, no vamos a perder el tiempo en eso cuando tenemos un mundo por evangelizar, unas calles por evangelizar, unos medios de comunicación por evangelizar, un testimonio que dar en cualquier circunstancia de la vida. Basta con no vivir como extraños con el que tenemos al lado, en el tren, en el avión, ¡en donde sea! Hemos hecho una sociedad que no necesita que nos tratemos prácticamente para nada. El mundo entero somos una sociedad anónima. Nosotros, hijos de Dios, no podemos serlo, no nos podemos permitir el lujo de serlo. Y el empezar a vivir así es dar prioridad a lo que importa: que, para eso, necesitamos tener la mirada puesta en Cristo y en su Presencia en nosotros.


Las últimas palabras del Evangelio de San Lucas (“Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”) significa que esta Eucaristía nuestra de esta mañana es contemporánea de la mañana de Pascua, cuando todo empezó, y empezaron las mujeres. Y eso significa que Cristo es nuestro contemporáneo, aunque haya muerto bajo Poncio Pilato, y que, por lo tanto, todo el poder de Cristo y todo el poder salvador de Cristo nos es ofrecido y dado a nosotros, ¡en nuestras pobres manos pecadoras, distraídas!


Señor, porque queremos, porque valoramos lo que ha significado la Reina en la historia del mundo, independientemente de lo que decida la Iglesia, Te damos gracias por ella y por lo que ella ha significado para la Fe. Cuando yo le preguntaba “¿os sumáis como parte actora a la causa de beatificación de la Reina?”, un obispo me decía: “Pues, naturalmente: si no fuera por ella no seríamos nosotros ahora cristianos”. ¡Pues, cómo no vamos ahora a dar gracias! Pero es deshonesto dar gracias y aplaudirla, y no pensar en el tesoro que Dios ha puesto en nuestras manos. ¡No tengáis miedo! Y ésa es la mejor manera de contribuir, no pensar en qué tipo de confabulación podemos hacer en el Vaticano para que le llegue a la Congregación…


Vamos a por el bien que el Señor nos ha ofrecido. Vamos a por el bien que ella valoraba más que nada. Vamos a pedirle al Señor la Gracia de ser los cristianos que tenemos que ser en este mundo. Y lo otro, todo lo demás, incluida su canonización, nos sea dado por añadidura. 

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

19 de octubre de 2018

Basílica de la Gran Promesa (Valladolid)

 

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